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29/07/2025


La dignidad del duelo no tiene edad: gestos que importan

David Cabrero del Amo | Director de la Fundación San Jerónimo

Hace unos días, mi familia atravesó uno de los momentos más dolorosos: la pérdida de mi tío, que nos dejó con apenas 63 años. El tanatorio, cubierto de abrazos, lágrimas y miradas cómplices, contenía esa atmósfera densa que solo la ausencia es capaz de generar. Sin embargo, entre todos los gestos de consuelo y cariño, una figura concentraba la atención de quienes compartían nuestro dolor: mi abuela, la madre de mi tío, una mujer de 96 años, firme y lúcida, enfrentándose al dolor de perder a su propio hijo.

Fue en esos instantes donde percibí, casi sin querer, la sutileza con que la edad puede influir en nuestras formas de relación. Mientras al resto de la familia nos llegaban palabras directas—un apretón de manos, dos besos, un abrazo sincero—, en el caso de mi abuela percibí algo diferente. Algunas personas se acercaban y acariciaban en exceso su rostro (“me van a desgastar la cara”, decía ella), otras pasaban suavemente la mano por sus rodillas, evitando el contacto visual. No faltaba quien, al hablar del dolor o de lo sucedido, lo hacía mirando hacia los demás, sin incluirla realmente en la conversación (“¿qué decía?”, preguntaba después, dándose cuenta de que no la estaban incluyendo). Había quienes pasaban delante de ella sin atreverse a darle el pésame por no saber cómo actuar, e incluso quien asumía, solo por su edad, que quizá padecía demencia o que no estaba plenamente consciente del momento. También estaban quienes preferían preguntar a los que estábamos alrededor sobre cómo la veíamos o cómo estaba llevando el dolor, en vez de dirigirse directamente a ella, quizá creyendo que a esa edad el sufrimiento era diferente o que no sería capaz de comprender lo que ocurría. Todo esto, siempre, desde la mejor de las intenciones y el deseo genuino de acompañar.

La escena que más me conmovió, sin embargo, vino de alguien completamente ajeno a todo prejuicio: mi hijo de apenas cuatro años. Al ver a su bisabuela romperse en llanto al recibir la noticia, simplemente se acercó, sin palabras, se sentó a su lado, le miró a los ojos y acarició su hombro. Juntos compartieron el silencio, un gesto puro y desprovisto de filtros. Ni indecisión, ni duda, ni falsas distancias: solo humanidad. Ese gesto, cargado de ternura y respeto, se convirtió en la mayor lección que podría recibir sobre cómo acompañar a quienes sufren, más allá de los años vividos, de las convenciones sociales o de los silencios incómodos. Quizá, si las personas adultas fuésemos capaces de mirar y actuar con esa naturalidad, descubriríamos que la verdadera compañía no entiende de edades ni de barreras, y que la dignidad de una persona se honra, sobre todo, estando junto a ella en los momentos más difíciles.

Es inevitable preguntarse por qué, conforme pasan los años, la sociedad va colocando a las personas mayores en un espacio diferente al resto. No hablamos abiertamente de exclusión, pero sí de pequeños gestos, silencios o formas de cuidado que, sin quererlo, les apartan momentáneamente de la experiencia colectiva. A menudo, en situaciones tan delicadas como la pérdida de un ser querido, se hacen evidentes las sutilezas con las que la sociedad trata a las personas mayores. Existe una tendencia silenciosa a la sobreprotección, a hablar sobre las personas mayores y no con ellas, o a convertir el consuelo en una distancia prudente, casi como si las palabras o los gestos demasiado directos pudieran hacer daño o resultar inapropiados simplemente por la edad de quien los recibe. Estas formas de relación nacen normalmente desde el cariño y el deseo de proteger, pero pueden acabar aislando emocionalmente a quienes más apoyo necesitan. En vez de acompañar, a veces se termina envolviendo en un exceso de cuidado o apartando a quien, en ese momento, más que nunca, necesita sentirse parte, ser escuchado y compartido en su dolor.

Por eso resultó tan revelador el contraste con la mirada y el gesto de Alex, mi hijo, quien, con su capacidad innata de conectar desde lo esencial, ofreció una compañía simple y honesta. No interpretó los silencios como prohibiciones, ni el dolor ajeno como algo a lo que debía temer. Supo estar junto a su bisabuela, reconociendo el valor del abrazo, la cercanía y la verdadera empatía.

Han pasado unos días y he sentido la urgencia de mirar de frente una verdad incómoda y poderosa: el paso de los años no resta derecho ni valor a la dignidad de quien sufre. El consuelo no debería dosificarse ni suavizarse por temor o paternalismo. La soledad más dura es la de sentirse aparte en el dolor más profundo, convertido en una presencia decorativa. Acompañar verdaderamente no es envolver en un exceso de cuidado o compasión, sino reconocer a cada persona en su dolor, ofrecer palabra directa, contacto sincero y escucha real, sin importar cuántos años hayan atravesado su vida. Porque la dignidad, el amor y el derecho a ser consolados no entienden de edad, y la capacidad de sentir o necesitar apoyo tampoco. Porque cuidar nunca es apartar: es honrar, profundamente, la capacidad de sentir, necesitar y compartir, en cualquier etapa de la vida.

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