Raquel Arrubla Muruzábal | Trabajadora Social y Coordinadora de la Comisión de ACP de San Jerónimo
Ir a vivir a una residencia supone un cambio importante en la vida de la persona. Dejar su domicilio donde ha construido recuerdos con su familia y seres queridos durante años para trasladarse a un entorno nuevo, compartido con personas que, en la mayor parte de las ocasiones no conoce, nuevas rutinas, profesionales, normas de convivencia…
Esta decisión puede generar en la persona sentimientos de pérdida, duelo e inseguridad ante lo desconocido, y en muchas ocasiones un sentimiento de ruptura con aspectos de la vida que había mantenido hasta ese momento.
Pero, a pesar de estos sentimientos que pueden aparecer inicialmente, ir a vivir a una residencia no debería significar una ruptura con la comunidad ni alejarse de sus amistades y vínculos sociales que ha ido construyendo a lo largo de toda su vida. Estas personas siguen siendo vecinas y vecinos de un municipio, personas que participan en los actos sociales, personas que han trabajado en empleos de la zona, personas que hacen uso de los servicios y recursos de la comunidad, son abuelas y abuelos, son madres y padres, amigas y amigos.
En este contexto, las residencias deben entenderse como un lugar donde poder continuar desarrollando un proyecto vital. Donde, a pesar de haber cambiado su domicilio habitual, la persona mantiene el vínculo con el entorno y con la comunidad.
Por ello, un objetivo fundamental para los centros residenciales, y en concreto para San Jerónimo, es favorecer el mantenimiento de los vínculos de las personas que viven en la residencia y de su sentimiento de pertenencia.
Mantener el vínculo con la comunidad no significa que todas las personas tengan que participar en las mismas actividades ni hacerlo con la misma intensidad. Significa conocer qué relaciones, lugares, costumbres y formas de participación son importantes para cada persona y facilitar que pueda conservarlas.
La manera que tenemos de mantener los vínculos con la comunidad es ofrecer una residencia abierta. Facilitar tanto que las personas puedan salir y participar en actividades del exterior, como que la comunidad pueda entrar en el centro. Participar en fiestas del municipio y mercados locales, acudir a actividades culturales, salir a pasear por su pueblo, contar con voluntariado, participar en actividades intergeneracionales y facilitar que grupos locales, asociaciones, vecinos y vecinas formen parte también de la vida cotidiana del centro.
También es importante reconocer el papel que desempeñan las familias como apoyo para mantener los vínculos sociales y familiares. Sin embargo, no debemos hacer recaer exclusivamente sobre ellas esta responsabilidad. El mantenimiento de la conexión con la comunidad debe ser también un compromiso del propio centro residencial y formar parte de su manera de entender y acompañar a las personas.
Porque ir a vivir a una residencia supone cambiar de casa, pero la persona sigue siendo vecina, amiga, madre, compañera, cliente, voluntaria o miembro de una asociación. En definitiva, sigue formando parte de su comunidad, manteniendo sus vínculos y pudiendo construir otros nuevos.