Cada mañana empieza con un “¡buenos días!” “¿cómo estás?” a cada persona que acude diariamente a la estancia diurna. Puede parecer un saludo normal, pero con ese gesto ya empieza el acompañamiento. Con esas palabras le estamos dando la oportunidad de que pueda contarnos si algo le preocupa, le duele, etc. Y yo, como profesional, puedo hacerme una idea, según su respuesta, de cómo está cada persona ese día.
Para mí, como terapeuta ocupacional, acompañar es aprender a ir al ritmo de cada persona. Hay días en los que ese ritmo es rápido y lleno de ganas de hacer cosas. Otros días es más lento o más callado. Y está bien. Todo forma parte de la vida, y mi papel es ajustar mis pasos para que la persona no se sienta sola en el camino.
A veces acompañar significa simplemente sentarse al lado, sin prisa, dejando que la persona tome su tiempo para hacer cualquier actividad, como quitarse el abrigo, buscar sus gafas… Otras veces es escuchar una historia que ya he oído muchas veces, pero que la persona la cuenta con ilusión, porque tiene un valor personal. Acompañar es dar espacio, sostener sin invadir y estar disponible.
Pero en este recorrido no solo acompaño yo. También acompañan las personas que acuden a San Jerónimo. Cuando una persona te mira y te dice “me alegra que estés aquí”, cuando te agarran la mano para darte las gracias.
Sentirse acompañada es eso: sentir que alguien te ve, te escucha y te reconoce. Y en la estancia diurna, ese reconocimiento es mutuo. Las personas a las que atendemos no solo reciben cuidado, también lo ofrecen, a su manera: con una sonrisa compartida, con un comentario divertido, con un recuerdo que nos regalan.
Por la mañana, nada más llegar, mientras contamos el plan del día o participamos en una actividad, siempre hay un momento en el que nos miramos y sentimos que formamos una pequeña gran familia. Donde cada persona tiene su sitio, su historia y su forma de participar.
Una señora me dice que hoy no tiene ganas. Otro que quiere dar un paseo. Alguien se anima ayudar a quien está realizando una actividad. Eso también es acompañarse.
He aprendido que acompañar no siempre es hacer; muchas veces es permitir. Permitir que la persona haga las cosas a su manera, que decida qué quiere y qué no quiere hacer, que se exprese sin miedo. Y he aprendido que sentirse acompañada es también saber escuchar los silencios.
Acompañar y sentirse acompañada en una estancia diurna es una experiencia muy humana. No se trata de grandes gestos, sino de pequeños actos cotidianos que, sumados, crean un espacio donde todas y todos nos sentimos parte de un mismo grupo. Para mí, ese es la esencia de la estancia diurna: un lugar donde la vida continúa, donde cada persona importa, y donde el acompañamiento es, simplemente, una forma de estar.